El Año que nevó en Aznalcóllar. Martes, 2 de Febrero de 1954

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Primitivo Librero Rodríguez
Historiador Local

 

El año 1954 fue uno de lo más lluviosos y fríos que se recuerda en Aznalcóllar. Finalizado el mes de Septiembre, casi no hubo otoño;  se pasó del verano al invierno.

Durante el mes de Enero no dejó de llover y apenas salía el Sol. La mayoría de los días amanecía nublado, prolongándose el frío de la noche hasta mediodía. A la caída de la tarde, a los niños nos mandaban por la “cernidura” con un cubo de chapa en una mano y en la otra una moneda de diez reales. Si la metías en el bolsillo podía perderse, debido a que el camino lo hacíamos corriendo y saltando calle abajo. Los cubos del cisco generalmente eran  envases de lata de forma cuadrada de pimiento molido, que las tiendas expendían a granel y después vendían el envase. La venta de cisco y carbón la hacían los cisqueros en su casa y los que yo recuerdo eran “El Cisquerillo” en Barrionuevo, que despachaba su mujer Virtudes, en el Cerrillo “La Felipa” o “Peláez”, en Cerro viento “La Gila” o “El Bravo”, y en la calle de la Cruz, “La Riberilla”. Teníamos que esperar la cola y una vez despachados de vuelta a casa,  se encendía “la copa” en el corral.  Se vaciaba parte de la ceniza de la del día anterior en la tinaja del “Agua de la paloma” que era como se conocía la lejía. La tinaja de la lejía estaba situada a la caída de las canales. Para llenarla sólo había que destaparla. Los minerales de la ceniza le daban a esta agua la acidez y las  propiedades de la lejía, se empleaba para lavar y blanquear la ropa. La copa se preparaba echando primero “El papel de estraza” untado de aceite desechado de los fritos que se le ponía al candil y vertiendo un poco de éste sobre el papel, que otras veces procedía de haber comprado en la tienda manteca o tocino y se reservaba para encender la copa. Encima se ponía la cernidura, después el cisco, el carbón y por ultimo se cubría con la ceniza sobrante. La copa se dejaba preparada con luz del día, al Sol, puesto se encendía y se dejaba fuera hasta que dejaba de humear los tizos.

 Entre dos luces a boca de oscurecer,  llegaba al “Reondillo” Antonio Coscorrón con la piara de cochinos del concejo, restallaba el látigo y al grito de ¡¡Jiiiioo!!. Los cerdos salían en estampida por las calles del pueblo, llegando cada uno a sus respectivas casas, donde les esperaba el pienso que cada cual les preparaba. Previamente, la puerta se le dejaba entreabierta, con un chino pelón del río y una silla. Cuando el gorrino llegaba, metía el hocico y empujaba la puerta entrando al trote, directo al corral. A la mañana siguiente pasaba por las calles y a golpe de látigo, avisaba de su paso,  incorporándose a la piara nuevamente los cochinos que durante el día los llevaba a pastar al campo. Cuando “Coscorrón” dejó la piara, le sustituyó “Facundo”. Las piaras de cabras empleaban el mismo sistema que la de los cochinos. Era habitual tener la cabra para el consumo diario de la leche y las gallinas para la carne y los huevos.

En la Plaza Castelar, de pie sobre las barandas, un grupo de chiquillos miraban con atención la carretera, ya que a la altura del Cortijo de D. Juan, aparecerían las luces del “Camión Viajero” que cada atardecer llegaba el viejo “Saurer” que conducía Matías Barrera. El cobrador era “Canana”. Este vehículo de fabricación inglesa, era propiedad de la Compañía de Tranvías de Sevilla y lo explotaban “Curro Marchena” y Eduardo. Desde que se divisaban las luces hasta que llegaba, pasaba al menos un cuarto de hora. El viaje de Sevilla a Aznacóllar tardaba hora y media.  El estado de la carretera y el vehículo en cuestión no permitía menos tiempo. Llegando al Chalet, tocaba el claxon que sonaba más o menos como el canto de una codorniz, algo así como ¡¡Cuchichichi!!...¡¡Cuhichichichi!!..¡¡Cuchichichi!!!. Los chiquillos gritaban bajando las escaleras, se alineaban en la acera y pasado el “Viajero”, corrían tras él hasta la primera parada en el “Repartidor”. Bajaban los pasajeros, observados por un grupo de gente curiosa que cada tarde esperaba sentado en los escalones frente a la parada en la esquina del “Niño Cadi”. Casi siempre viajaban las mismas gentes. Las Cosarias con sus grandes canastos de mimbre, los mandaderos, los que iban al médico, los representantes y algún que otro forastero. En la parada final frente al bar de Raimundo, Canana bajaba del techo del autobús los bultos y paquetes que venían de Sevilla. Siendo el Camión viajero el único medio de transporte público, todo se enviaba y se recibía por él; correo, periódicos, y todo tipo de mercancías. Al día siguiente Paquillo tiraba de un pequeño carro de dos varas con ruedas de madera haciendo el reparto por el pueblo.

“El Viajero” salía por la mañana sobre las ocho, paraba en Sanlúcar, las gentes bajaban, tomaba café el que podía y el que no, estiraba las piernas. La parada a veces era de media hora, según lo que tardaran los pasajeros en subir. Había poca prisa en aquellos entonces.

Llegaba la noche, se encendía el alumbrado público que consistía en una bombilla de 25 watios en la calle, separadas entre sí, al menos, 50 metros; todo en penumbra. Sólo se distinguía la silueta de los escasos transeúntes. La luz eléctrica eran muy pocas las casas que la tenían instalada. A estas horas, cada mochuelo a su olivo. Se metía la copa en la “Mesa camilla”, la familia se sentaba en torno a ella como única fuente de calor en las largas noches de invierno. La tenue luz del candil de aceite, del velón o el quinqué de petróleo, oscilaba con el viento frío que pasaba a través de los frágiles techos de palos cubiertos de caña y tejas morunas. En casa de los mineros había luces de carburo que eran las mejores. A las mujeres les salían unas manchas rojas en las piernas que les llamaban “Cabras”, producidas por el calor de la copa. Los hombres, al tener pantalones, les salían menos. Los mayores contaban a los pequeños largas historias de lo pasado en la guerra, bajando la voz cuando se sentían pasos en la calle. La cena era escasa y consistía en lo sobrante del almuerzo.

Con frecuencia en las noches de invierno, se hablaba de los “Fantasma”, que aparecían en las calles de las afueras del pueblo. Contaban que era una figura humana cubierta con una sábana blanca, una luz en la cabeza caminando despacio y emitiendo sonidos extraños. Los fantasmas nos producían un miedo terrible. En realidad eran hombres que tenían amores ilícitos y cuando visitaban a la querida, disfrazados de esta forma, no eran reconocidos y nadie se les acercaba.

En estos años de miseria extrema, la salud era muy precaria por la mala alimentación. La guerra seguía matando con el hambre, el trabajo duro y en manos de los caciques que lo administraban en función de la sumisión mostrada a ellos, que disponían en los tajos quién trabajaba y quién no; bien en la mina, en la campiña o en los trabajos forestales.

Los dueños de los cortijos de apellidos ilustres, pagaban salarios miserables que no llegaban ni para comer, de forma que los niños de corta edad eran empleados como porqueros o pastores. Para paliar la hambruna, el señoriíto les daba cada día medio kilo de harina para que se hicieran un poco de pan, un cuarto de kilo de garbanzos y un poco de  aceite,  que unidos al tocino salado era la alimentación diaria, de lo sobrante  era la cena.

 Los domingos la misa era obligatoria. La asistencia la controlaban los encargados y manijeros.  En el Cortijo de Flores, era costumbre pagar el jornal del Domingo que no se trabajaba si se asistía a Misa. Los asistentes a los actos litúrgicos eran considerados personas de buena conducta.

Las faenas del campo eran de Sol a Sol, es decir, desde el amanecer, al atardecer. Había que salir andando de madrugada para llegar al tajo a la salida del Sol y se llegaba a casa bien entrada la noche.

La falta de trabajo y el hambre hacían mendigar a muchas personas que pedían limosnas o deambulaban buscando qué comer. Por los años cuarenta y cincuenta, era frecuente ir por bellotas, para venderlas como pienso y a veces para consumirlas bien tostadas o en tortas cocidas.

Estos años de la posguerra en el pueblo fueron muy duros, especialmente para los que fueron perdedores en la contienda de la guerra civil, que se calculaba en un noventa por ciento, es decir el diez por ciento de la población, ejercía su hegemonía sobre los perdedores. Al hambre y a la miseria había que sumarle la represión feroz que a duras penas soportaban. Muchos fueron fusilados en la posguerra. Había escasez de pan, aceite, azúcar, carne y de todo lo básico para la subsistencia, incluido la ropa. Si tenias dinero, podías comprar de todo de “Estraperlo”, que consistía en la compra y venta de artículos de primera necesidad que no habían pasado por la fiscalía y no llevaba gravado el correspondiente impuesto, para que se entienda era cómo el contrabando. Las mercancías a su entrada en el pueblo, eran revisadas por los Fielatos, que desde unas garitas instaladas en las carreteras de entrada a la población, cobraban las tasas correspondientes de consumo. Todos los vehículos eran inspeccionados ya fueran de motor o de tracción animal. Los Fielatos eran inspectores del Municipio y dependían del Ayuntamiento. 
Los alimentos básicos eran muy escasos y estaban controlados por las “Cartillas de Racionamiento”. A cada familia se le entregaba una. Las hojas estaban divididas en 24 cupones que correspondían al pan, el azúcar, arroz etc. Cuando se compraban los artículos, el tendero cortaba los cupones correspondientes. Así eran controlados los artículos de primera necesidad de forma equitativa y se intentaba evitar la especulación.

La realidad era bien distinta. Con dinero, en el estraperlo conseguías de todo y las cantidades que quisieras. En esta sociedad de miseria extrema las corruptelas y los sobornos  eran muy frecuentes a todos los niveles.

En febrero de este año 1954, el frío tenía a la población acobardada. La falta de ropa adecuada hacía que las calles, apenas oscurecía, presentaran un aspecto de pueblo desierto. Los escasos viandantes caminaban deprisa, encorvados y ateridos de frío.

Redondo era corredor y con frecuencia iba al Castillo de Las Guardas en una burra a comprar ganado, por encargo de los carniceros. Una vez preparada la piara, la trasladaba andando “El Morogato” y “Zapatilla” hasta Aznalcóllar.

El sábado, 30 de Enero de 1952, Redondo se encontró mal y lo acomodaron en un pajar. Pasado tres días en este sitio y viendo que no mejoraba, decidió volver a Aznalcóllar. Ante su estado, le acompañó un joven delgado de unos diecisiete o dieciocho años en una yegua blanca y Redondo, montado en su burra abrigado con mantas. Salieron de madrugada del Castillo de Las Guardas, caminaron hasta  mediodía y en el límite del “Torilejo” con “El Campillo”, pararon a comer junto a un alcornoque de doble tronco conocido como “Los Mellizos”. Le quitaron los aparejos a las bestias para que los animales descansaran y comieran, encendieron una candela y sentados en los aparejos, Redondo sacó de las alforjas el “Morral” con el “Cundío”. Después de almorzar aparejaron las bestias y debido al frío que empezaba a hacer decidieron andar un poco. Contó el joven que “Al echarse el cabresto al hombro de la burra, Redondo se desplomó y cayó muerto”. Le acomodó debajo del alcornoque, lo tapo con una manta y le puso de cabecera un haz de cantueso. Montó en la yegua y corrió al pueblo a pedir socorro. Su hijo Benito, acompañado de Enrique Guirao, fueron al Cuartel y contaron lo ocurrido. El Comandante de Puesto con un guardia, el médico D.Manuel Gutiérrez que a su vez  era Juez de Paz y Enrique Guirao, fueron en el coche de Eduardo Ojeda a comprobar la tragedia y efectuar el levantamiento del cadáver. Los hijos Benito y José María fueron por un burro con unas angarillas de cargar morras, con una corcha terciada para traerse el muerto, porque en el coche le dijeron que no podían traerlo. El traslado del cadáver se hizo en el burro sobre la corcha cubierto con una manta y atado a las angarillas. Las Autoridades volvieron en el coche al pueblo. Enrique llevaba el burro de reata; detrás, los dos hijos Benito y José Maria. Eran las seis y media de la tarde, el Sol se ocultaba y el frío se hizo más intenso. Pasaban por la “Portada del Campillo” y comenzó a nevar. La triste comitiva no daba crédito a lo que veían. Al cruzar el río Agrio por el Puente Zapata, entre dos luces, al lubricán, en el comienzo de la noche, la nieve había cubierto de blanco el humilde féretro de Redondo. La comitiva fúnebre llegó al pueblo entre las ocho y las ocho y media, callados y sin llanto. Estaban acostumbrados a sufrir en silencio. La familia lloraba la muerte de este hombre y la nieve cubría por primera vez las calles de Aznalcóllar.

En invierno a los niños nos acostaban después de la cena. Antes, dejábamos en el brocal del pozo un vasito de leche con azúcar y canela y en el centro un palillo. Por la mañana corríamos impacientes y estaba helado. Se despegaba del vaso con el calor de las manos y salía el polo.

La mañana del Martes día 2, mi madre al salir a la cocina, que estaba en el patio para hacer el café, grita sorprendida ¡¡Ha nevado!! ¡¡Ha nevado!!. Mi padre se levantó deprisa y salió al corral y comprobó que el gallinero, la zahúrda y la cuadra no se habían hundido con el peso de la nieve.

Nevada del 2 de Febrero de 1954

 

En el pueblo pocas personas conocían la nieve. Los más viejos tampoco habían conocido este fenómeno meteorológico, ya que aquí nunca había nevado. Las calles se llenaron de gentes expectantes. La suerte fue que no pasó de los treinta centímetros, de lo contrario se hubieran hundido la mayoría de los tejados.

Desde la Plaza del Ayuntamiento, un grupo de jóvenes venía rodando una  bola de nieve, que a medida que rodaban calle abajo, se hacia más grande. Por la puerta de la taberna de Argimiro era casi de un metro de alta. A la altura de la Cuesta de Calceta y tomar la pendiente,  se rompió en la esquina de Luis el de Paca.

Entre la tienda de Rosarito Piñal y la puerta de Maturranga, hicieron un muñeco de nieve de metro y medio de alto. El pueblo vivió un día fuera de lo normal. Los niños no fueron al colegio, las piaras de ganado no salieron, las labores del campo se suspendieron varios días hasta tanto se disipó la nieve. Sólo los mineros continuaron trabajando. De la sierra vinieron las cuadrillas de los taladores y las de los trabajos forestales. Al menos una semana duró la nieve en los barrancos de la sierra y en las umbrías mucho más. Las pisadas de jabatos, zorros, conejos y ciervos se distinguían con claridad en la nieve. En las callejas más sombrías del pueblo, la nieve duró varios días.

La nevada del 2 de Febrero de 1954, fue la única que se ha conocido en Aznalcóllar  y fue tan sorprendente en el pueblo, que los que la vimos la recordamos como algo excepcional.

Continuó su curso el Décimo Octavo Año Triunfal, con más penas que gloria en este sufrido y represaliado pueblo nuestro, por el “Glorioso Movimiento” instaurado por el Generalísimo Francisco Franco.

                                 

 

Primitivo Librero Rodríguez

Aznalcollar, 1 de Abril de 2004.