|
INDICE ESCRITO DE PEDRO BARRERA - A LOS LECTORES- RESEÑA SOBRE LA VILLA DE AZNALCÓLLAR - EL CASTILLO - LA IGLESIA ANTIGUA - EL MOLINO DE VIENTO - CONVENTO DEL RETAMAR CONOCIDO POR EL TARDON - CONTRIBUCION DEL PUEBLO DE AZNALCOLLAR A SEVILLA CON MOTIVO DEL VIAJE DEL REY CARLOS IV Y SU PASO POR EL RONQUILLO - ERMITA DE SAN SEBASTIÁN - LA YGLESIA NUEVA - PLEITO ENTRE LAS HERMANDADES DE LA SOLEDAD Y LA DEL ROSARIO - LA PESTE DE 1652 - OTRA EPIDEMIA DE PESTE - AÑO CALAMITOSO - EL ANTIGUO MOLINILLO, OBRA DEL SIGLO XVIII - ERMITAS ERMITA DE FUENTES-CLARAS ERMITA DE LAS CUEVAS ERMITA DE LA ENCARNACIÓN ERMITA DE LA DIVINA PASTORA - LA INVASIÓN FRANCESA - LA EMBOSCADA DEL TORILEJO - ORIGEN DEL ROCIO CHICO - ORÍGEN DE LA MALA FAMA DE AZNALCÓLLAR - LA DEHESA DE CRISPÍN Y LA ANTIGUA LÁSTIGI NOTA FINAL |
||||
|
BREVES APUNTES HISTÓRICOS Y ARQUEOLÓGICOS DE AZNALCÓLLAR Por los hechos juzga la Historia a los hombres, pues por ellos se sabe de su vida y de sus acciones. Un libro, una obra de arte, las piedras milenarias y de sus construcciones y otros mil testimonios, nos dicen con viva elocuencia como fueron, sintieron y pensaron. Los tiempos vuelven, se afirma, y si sabemos que un tiempo es igual a otro es porque nada cayó en el olvido; una generación se lo contó a las siguientes y así los hechos se hicieron historia y las acciones quedaron grabadas en el recuerdo. Y por lo que una generación contó a la otra y por lo que otros escribieron he podido yo reunir en estos ligerísimos APUNTES, algo de lo sucedido en este pueblo. Bien se ve que estos sencillos renglones están desprovistos de mérito, y, como no tengo la presunción de haber acertado en mi propósito histórico ni de haber sabido adornar mi obra con las galas de un buen estilo, me acojo a la benevolencia de los lectores.
RESEÑA SOBRE LA VILLA DE AZNALCÓLLAR:
Según Serrano Ortega, la población es de origen céltico, y por hallarse dentro del territorio de la antigua ciudad de Tejada ( la Itucci de los romanos ) llevó esta denominación. El nombre de Aznalcóllar deriva del árabe "Hanz Al Kollar", que significa recinto amurallado. En el artículo publicado en 1923 en "El Noticiero Sevillano", Don Miguel Romero Martínez dice lo siguiente: "Aznalcóllar, situada no muy lejos del lugar que debió ocupar la Itucci céltica, es una de las más viejas poblaciones de España, y los múltiples vestigios del más remoto pasado que se encuentran en el pueblo y en sus contornos nos hablan de su extraordinaria importancia arqueológica." La localidad tuvo mucha importancia en tiempos de la dominación árabe. Bien fortificada, fue cabeza del distrito del Aljarafe. En el repartimiento de tierras y alcarrías se refieren cuatro términos: Aznalcázar, Aznalfarache, Solucar y finalmente, Tejada que, según Ortiz de Zúñiga, la ponen en lugar de Aznalcóllar que era realmente la cuarta cabeza del distrito. No se conoce la fecha de su conquista por los cristianos, pero puede situarse en 1247 teniendo en cuenta que el Maestre de Santiago conquistaba la Albaida en 1246 y en la primavera siguiente Gerena. Juan de Malara, en su libro "Recibimiento de Felipe II en Sevilla en 1570", afirma que Aznalcóllar era lugar fronterizo próximo a la sierra y uno de los que guardaban el Aljarafe y que era la mayor parte de las minas de plata que los romanos tenían en España radicaban en dicho pueblo. En la solemne recepción de Felipe II en Sevilla, representó a Aznalcóllar la figura de un hombre tostado por el Sol, tocado a la morisca, con su sayo colorado y sobre ropa azul, teniendo a sus pies una cabra y en las manos un plato de presados y requesones, sabroso presente a que se refería la inscripción latina de la figura, cuyo último verso "Per me vulcanes mollius cera domet" hace alusión a la abundancia de combustible para las fraguas y a la típica industria del pueblo. Existen algunos datos relativos a las dos epidemias de peste: de 1652 y la de 1800. El vecino de la villa Don Miguel Navarro, en su manuscrito de principios del siglo XIX, escribe que la peste de 1852 fue espantosa, habiendo oído decir a sus mayores que en este pueblo de Aznalcóllar quedaron vivas solamente 17 personas. El erudito Gómez Aceves, en sus "Obras Varias", trata también de la segunda epidemia de 1652, mencionando al héroe de la caridad Amaro Gallego, quien en opinión de Navarro se enriqueció a costa de la desolación ajena. En relación a la peste de 1800 que azotó a Sevilla y a pueblos vecinos, Aznalcóllar quedó incomunicada, faltando la sal, la ropa, el papel, los comestibles, etc. No quedó más amparo que la Providencia, trayendo de su ermita a Nuestra Señora de Fuentes-Claras y colocándola en el crucero de la Iglesia recibió la veneración de los habitantes. La villa se libró de la enfermedad. Nuestra Señora de Fuentes-Claras es la patrona de la localidad, estando su nombre vinculado a la leyenda, que por tradición se conoce, de la aparición de la Santísima Virgen allá por los años de la conquista de Sevilla por Fernando III. Se cuenta que las mesnadas del Santo Rey, al mando de Garci-Bravo, habían acudido a combatir a los moros y, acampados en medio de una campiña a menos de una legua de la población, se encontraban extenuados y fatigados en medio de la llanura, abrasada por el Sol. La asfixia empezaba a hacer sus estragos, cuando uno de los soldados, elevando los ojos al cielo, exclamó: ¡Madre mía, una fuente clara!. En aquél instante, se apareció la Santísima Virgen, sosteniendo al Niño con el brazo izquierdo, al tiempo que con la otra mano hacía brotar una fuente cristalina. La devoción a esta advocación, a partir de entonces, siempre existió.
El Secretario del Ayuntamiento AZNALCÓLLAR Aznalcóllar es una villa situada a cinco leguas de Sevilla y en los confines del Aljarafe. Está enclavada en las primeras estribaciones de Sierra Morena, a la que debe lo accidentado de sus calles. Su cielo es claro y alegre, y su clima templado; frecuentes mareas refrescan el ambiente en la estación calurosa del estío. Según el señor Serrano Ortega es de origen céltico y por hallarse dentro del territorio de la antigua ciudad de Tejada, la Itucci de los romanos, llevó esta denominación y la de Tucci y Tangi. Atendiendo a la etimología de su nombre, HAZN-AL-KOLLAR, que es árabe, y en cuyo idioma quiere decir, RECINTO AMURALLADO, cabe pensar que, siendo estos los que más importancia le dieron, haya llegado este nombre, aunque transformado hasta nuestros días. Don Miguel Romero Martínez, en un artículo publicado en 1923 en "EL NOTICIERO SEVILLANO", escribía lo siguiente: "Aznalcóllar situada no muy lejos del lugar que debió ocupar la Itucci céltica, es una de las más viejas poblaciones de España, y los múltiples vestigios del más remoto pasado, que se encuentran en el pueblo y en sus contornos, nos hablan de su extraordinaria importancia arqueológica." Otros escritores dicen también que resalta la abundancia de restos arqueológicos en su término que indican la existencia de él, en tiempos remotos, de una población numerosa. Fue muy importante en el tiempo musulmán y, bien fortificada, fue cabeza del distrito del Aljarafe. En el repartimiento de tierras y alcarrías se refieren cuatro términos: Aznalcázar, Aznalfarache, Solúcar y Tejada, que según Ortiz de Zúñiga ponen en lugar de Aznalcóllar, que era la cuarta cabeza del distrito. La población musulmana estuvo en la falda del Castillo y Mesagrande y Mesa de las Vacas en la que Madoz señala restos de antiguas construcciones. Hasta nosotros no han llegado más vestigios de otras épocas que una sepultura, según se cree de origen romano, situada en el extremo Norte del cerro llamado Mesagrande; trozos del acueducto que conducía las aguas de la antigua Tejada a la populosa Itálica, de cuyo canal, unas veces a flor de tierra y otras levantado sobre arcos, con roscas de ladrillos, se conservan en pie algunos trozos, muy destruidos en la dehesa del Chaparral, y otros caídos en el cauce del río del Convento. De estos arcos toma el nombre la huerta de los Arquillos. Queda también una torre árabe de hormigón, llamada Torreón de la Dehesilla, por estar cerca del cortijo de este nombre; un lomo de piedras sueltas, ya cubierto de tierra y de vegetación que se extiende por el Cerro Viento y por otras alturas del lado izquierdo del río, que llamamos murallas y que, sin duda, son los restos de ellas. Los Harineros, vestigio de la población romana, a una legua del pueblo, situados en la Dehesa de la Sierra; y a varias distancias, diseminadas por el término, se han encontrado restos de poblados y alquerías, como en el Cortijo de Crispín, donde hace un año fue descubierto un patio de azulejos blancos y verdes, en cuyo centro había un pozo que se conserva y satisface hoy las necesidades del cortijo; Los Castrejones, que en su meseta más alta se han encontrado muchas veces trozos de losas, de las destinadas a la pavimentación; pero donde han sido hallados la mayor parte de los objetos es en una tierra de cultivo, llamada El Pedregal, donde los labradores han descubierto varias clases de objetos de barro y, desconocedores de su valor arqueológico, los han mirado con indiferencia, no existiendo ya ninguno. No se conoce la fecha de su conquista que, según los historiadores, debió de efectuarse en el año 1247 si se tiene en cuenta que el Maestre de Santiago conquistaba la Albaida en el 1246 y en la primavera siguiente Gerena. En su citado artículo agregaba el señor Romero Martínez que Aznalcóllar, según el Maestro Malara, en su célebre libro: "RECIBIMIENTO QUE HIZO SEVILLA AL REY DON FELIPE II", precioso volumen de fiestas publicado en la mencionada capital en 1570, era lugar fronterizo próximo a la sierra y a uno de los que guardaban el Aljarafe; y la mayor parte de las minas de plata que los romanos tenían en España radicaban en el término de dicho pueblo. No sabemos si han existido o no minas de plata en este término. Lo que se han transmitido de generación en generación es que los romanos explotaban una mina llamada "El Palomar", a extramuros de la población. Buscándola se han hecho muchas excavaciones en el cerro de dicho nombre y en sus alrededores sin que hasta ahora haya habido resultado alguno. No obstante, suelen verse en la falda del citado cerro escorias que pueden ser indicios de la existencia de antiguas minas. Para el relleno de carreteras se han extraído de "El Palomar" piedras en bastante cantidad y, a pesar de la anchura de los trabajos, no se ha descubierto nada que indique registros mineros. Refiere don Miguel de Vargas Fernández, en el número diez de la revista "SEVILLA MARIANA", correspondiente a 1881, al hacer la biografía del maestre de la Orden de Santiago Don Pelayo Pérez de Correa, que este caudillo vino con el infante don Alfonso a recorrer el Aljarafe sevillano y ver las posiciones de las fortalezas de Niebla, Aznalcázar, Aznalcóllar y Solúcar de Albaida. En la solemne recepción de Felipe II en Sevilla representó a Aznalcóllar la figura de un hombre tostado al Sol, tocado a la morisca, con su sayo colorado y sobre ropa azul. A sus pies tenía una cabra y en las manos un plato de presados o requesones, sabroso presente a que se refería la inscripción latina de cuyo último verso: PER ME VULCANES MOLLIUS CERA DOMET alusivo a la abundancia de combustible para las fraguas y a la típica industria del pueblo confirma la nunca interrumpida tradición metalúrgica de Aznalcóllar.
Sus fundadores, -fenicios, romanos o árabes,- además de la necesidad de la dominación debieron sentir también el placer de la belleza porque allí no solamente se domina sino que desde su altura se ofrece a la vista un bellísimo conjunto del más variado panorama. Desde allí se contempla la fértil y luminosa campiña de este término, las torres y casas de los pueblos cercanos, las colinas verdes y azuladas de las primeras estribaciones de la sierra, y cerca de su base, y bastante profundo, se ve pasar en grandiosas ondulaciones, con sus tintas aguas, al río Crispinejo. Por el lado del Mediodía cubren la falda del cerro las terrosas paredes y en los tejados casi rojos de las casas más antiguas del pueblo. En la ladera que mira al poniente, y al amparo de su fortaleza, estuvo edificada la primitiva Aznalcóllar. Sus calles eran las que hoy llamamos callejas de las "Cuatro Esquinas" que, aunque cubiertas de malezas, permiten ver los restos de un primitivo empedrado. Grandes y puntiagudos riscos, en los que seguramente buscaron su defensa los fumadores, que erguían en la parte norte de lo que debió ser base de sus muros. Con el más vivo sentimiento vimos destruir dichos riscos para convertirlos en adoquines y lo que revestía de majestad a la cumbre sirve ahora de vulgar pavimento. Lo mismo se ha realizado con otros riscos, menos elevados, de la parte sur. Al profundizar en éste se ha descubierto una pared de piedra muy bien labrada que, al ponerse en contacto con el exterior, empezó a derrumbarse, y, al seguirse construyéndose las piedras, se han cortado transversalmente otras dos paredes, completamente enterradas, cuyos cimientos descansan en el inmenso bloque. Sin que podamos precisar la fecha en que se descubrió, existe un depósito subterráneo cuya boca está a nivel del suelo y al que se le llama por su forma "La Tinaja", que, según dicen los que han bajado al fondo, es de grandes dimensiones, lo que hace pensar que este depósito estuviera destinado a recoger las aguas pluviales. Hace aproximadamente cuarenta años, siendo alcalde de la villa
don Manuel Barrera y Moreno, vinieron a visitar el Castillo, montadas
a caballo, las princesas María Luisa e Isabel de Orleáns,
en unión del duque de Guisa. De regreso al pueblo estuvieron en
el Ayuntamiento y solicitaron, con gran interés, del entonces secretario
don Joaquín Rodríguez de Torres, datos históricos
sobre dicha construcción que consideraron importante.
En el llano, donde hoy se verifican los enterramientos, se extendía su fábrica de estilo mudéjar, a juzgar por los restos que han llegado hasta nosotros. De tres naves y techo de madera esta pequeña Iglesia, casi ruinosa, quedaba ya fuera de lugar. Dos eran sus puertas; la principal al mediodía y la otra al poniente, y siete el número de los altares. En el altar Mayor, la Virgen de Consolación, en el del Sagrario, la del Rosario, y en otros altares el Cuadro de las Animas, el de la Santísima Trinidad, el Santo Cristo de la Veracruz y la Virgen de los Dolores, con San Bartolomé, la Virgen de la Soledad, con San Antonio y San Juan Nepomuceno, y el Santo Sepulcro. En el Catálogo Arqueológico y Artístico de la provincia de Sevilla leemos que en el primer tercio del siglo XVI se hacían en la parroquia trabajos a cargo del insigne arquitecto Diego de Riaño y afirman, documentalmente, que el maestro entallador Juan de Oviedo, el Viejo, quedó obligado en 1584 a tallar un retablo para la parroquia de Aznalcóllar. Asimismo Jerónimo Hernández concertó en 1573 y terminaba dos años después una imagen de Nuestra Señor apara la Capilla Mayor con el tabernáculo correspondiente. En 1603 Juan de Salcedo, pintor de imaginería, cobraba cantidades a cuenta del importe de la pintura y estofado del retablo que fabricó para la parroquia de Aznalcóllar. En 1629 el bordador Marcos Maestre se obligó a ejecutar una casulla y dos dalmáticas para dicha Iglesia. Empezó el derribo de ésta a finales del año 1782 por el maestro de obras Antonio López, natural de Umbrete y conocido por "Chamusquina", el cual se llevó a su pueblo tres cancelas y una ventana de hierro, mas seis columnas de mármol blanco, primorosamente labradas, que solían vestirlas el tres de Mayo y por Semana Santa. El 31 de Diciembre del referido año de 1782 fueron bajadas las campanas y trasladadas a la ermita de San Sebastián, quedando colocadas encima de la puerta del primero de enero de 1783. Quedó el pueblo sin reloj y pidió a las autoridades que llevaran al cabildo una campana con el reloj a lo que accedieron los alcaldes, que eran don Lorenzo Domínguez y Alonso Campos, quedando instalados reloj y campana, en el balcón grande del ayuntamiento el día seis de abril del dicho año 1783. Como los enterramientos se hacían alrededor de la Iglesia y morían muchas personas había que utilizar, por la pequeñez del sitio, las mismas sepulturas antes del tiempo preciso para la descomposición quedando muchos cadáveres a flor de tierra. El mal olor se hacía insoportable. Muchos de los feligreses, durante la misa, tenían que aplicarse en la nariz pañuelos empapados en vinagre. Por todo eso, y tener que atravesar muchas corrientes de aire, cuenta don Miguel Navarro, autor de un cuaderno manuscrito de memorias de la época, se creía que eran las causas de muchas enfermedades de que morían en número extraordinario y más que alarmante. Hace también constar el expresado Navarro que cuando varió la Parroquia de lugar se redujeron las defunciones a la cuarta parte de las que antes ocurrían. Aproximadamente veinte años antes de su derribo fue robada esta Iglesia, habiendo entrado los ladrones por un agujero que practicaron debajo de una de sus puertas. La última persona que se enterró, estando próximo el derribo, fue doña Fuentes-Claras de Urrutia. Las cofradías que pertenecieron a la destruida Iglesia recorrían la calle del Cementerio, la plaza de la tía Tomasa o de Pedro Rico y la calle Sevilla; se dirigían a la ermita de San Sebastián, en Portugalete, y, hecha la humillación, subían y al llegar a la Plazoleta de los Frailes, tomaban por la Plaza, calle de Paterna, donde se hacía al final de la calle otra humillación; después por las calles de Limones y Fuente, Plaza Principal, Plaza de Pedro Rico y Cementerio. Planta propia y figura que tenía la antigua Iglesia, situada en la falda del cerro llamado Castillo.
____ Explicación del plano de la Iglesia: 1 - Puerta principal, llamada "de arriba" y miraba al pueblo. ----------------
Sin aspas y sin techo, visto a distancia, parece una atalaya que en esa altura hubiera sido erigida en los tiempos medievales o en la época de la Reconquista. Es curioso ver esta masa redonda, hecha de piedra, que aún en estado de ruina resiste todavía a la furia de los elementos. Se divisa desde todo el contorno y sirve de punto de orientación. Sin mencionar su naturaleza, dice, en un cuaderno manuscrito el citado Navarro, que lo hizo un individuo llamado Pedro Serrano, que se molió en él años antes y que, después de caído, vendieron sus arreos. Hacia el año 1774, poco más o menos, llegó a este pueblo, procedente de Valverde del Camino, una mujer que se llamaba María Cruzado, con cinco hijos, y el mayor de ellos nombrado Rodrigo Ojeda, muy entendido en esa clase de molienda, reedificó el molino. Aunque sin obtener un gran resultado, molió algunos años y habiendo muerto el mencionado Rodrigo, su madre puso por él a algunos mozos y no ganando tampoco mucho lo vendió a su otro hijo Juan Gil, éste lo volvió a vender a uno de Valverde, que como los anteriores no tuvo utilidad y desistió de su empresa, vendiéndolo a un salmantino que también lo tuvo poco tiempo y lo dejó perder. Los frailes del Retamar solicitaron una de las piedras para cuyo efecto fue a Salamanca el hermano Rincón, religioso lego profeso, que ejercía de molinero en el convento, siendo acompañado en el viaje por el mayordomo Antonio Linero. Concedida que fue, la piedra solicitada, llevaron a recogerla una carreta que llegó al mismo molino. Fueron muchas gentes a ver la maniobra del hermano Rincón, que no pudo llevarse la piedra solicitada y concedida, por haberse partido, y se llevó la otra. El que escribiese estos apuntes recuerda que en su niñez el molino estuvo algún tiempo en actividad y que, abandonado después, nadie ha vuelto a utilizarlo. Desamparado, casi desecho y solo, sigue presentándose a la vista inalterable y mayestático en la altura.
CONVENTO DEL RETAMAR CONOCIDO POR EL TARDON
Fue fundado por Don Gaspar de Guzmán, Conde-Duque de Olivares, en 1638, bajo la advocación de Nuestra Señora del Buen Suceso, y se le ha llamado también de Santa María del Retamar, por hallarse enclavada en la dehesa y antiguo cortijo de este nombre. Los frailes que habitaron el monasterio eran de la Orden de San Basilio y, al ser expulsados cuando la invasión francesa, el convento fue víctima del saqueo de los enemigos y de repetidos robos que, sin tener en cuenta la santidad del lugar, hacían los vecinos del pueblo y de otros cercanos. El 28 de febrero trajeron a San Miguel y el 1º de marzo a San Basilio. También procedía de dicho convento la bella y pequeña imagen de Nuestra Señora del Buen Suceso. Las campanas fueron traídas el cuatro de mayo de 1810. Don Julián Moreno y don Tomás Pérez, con un proceder impropio de caballeros cristianos, contribuyeron a la ruina del edificio y la aceleraron trayéndose tablones, ladrillos, maderas, y demás efectos, asegurando que lo habían comprado. En poco tiempo fue despojado y reducido a un lamentable estado, no quedándole rejas ni puertas ni veleta ni la viga del molino. El 17 de julio de 1814 llegó al pueblo el padre Juan de los Angeles, uno de los últimos frailes que, sorprendido en Alájar, (Huelva), por la invasión francesa, huyó a los montes sin abandonar los hábitos. Fue recibido con grandes muestras de cariño por todo el vecindario. Venía, dice el cronista Navarro, a ser un segundo fundador. Aquí esperó a unos padres para tomar posesión de las ruinas, según el decreto de Su Majestad. A los pocos días recibió una orden de la que se le mandaba efectuase la posesión y determinó llevarla a cabo el día 26 de los mismos mes y año de su llegada. A las cinco de la tarde, acompañado del padre Miguel de Sevilla, religioso Capuchino que estaba sirviendo un beneficio, yendo además el alcalde don Pedro de los Santos Hato, el escribano don Julián Moreno, el religioso lego del mismo convento fray Francisco Rincón, que permaneció en el pueblo durante la invasión, y el cronista Navarro, siendo seis las personas que estuvieron presentes en la toma de posesión de las ruinas. Quedaron después suspendidas todas las diligencias en su reconstrucción en espera del padre Alonso Lagares, que estaba en su pueblo natal de La Palma, y del padre Rafael Morea, de Rociana, que ni vinieron ni mostraron deseos de venir. Llamado entonces el padre Luis Requena, que ejercía de boticario en Sanlúcar la Mayor, llegó el 8 de diciembre del referido año 1814, y el mismo día vino a su pueblo, la cercana villa de Paterna, el padre Cristóbal Daza, ambos sin hábitos. Reunidos con el padre Juan de los Angeles y el hermano Rincón estuvieron conferenciando reservadamente sin que quedara, por tanto, noticia del resultado de la entrevista. Marchándose los padres Luis y Cristóbal y quedaron el padre Juan y el hermano Rincón. Algunos objetos que quedaron en el convento fueron vendidos por los frailes. El 22 de mayo de 1815 vino a esta villa don Francisco de Vera, beneficiario de Escacena, con orden del Señor Deán de Sevilla para que el padre Juan de los Angeles y el hermano Rincón abandonaran el pueblo en el plazo de seis días y ellos, a pesar de la orden, siguieron residiendo en la población. Por don José María de la Cuadra se publicó en 1839 un opúsculo dedicado a don Manuel María Moreno Barrera y titulado ENSAYO SOBRE LAS PROPIEDADES MEDICINALES DEL AGUA MINERAL DEL TARDÓN, TÉRMINO DE AZNALCÓLLAR. Dicho opúsculo empezaba con la siguiente décima: Si sanar de tu dolencia Después hace la descripción del lugar y de la fuente que, por estar entre pizarras sobrepuestas que constituyen la ladera que mira al Norte, se desliza formando una bella y suave cascada. A continuación elogia las virtudes medicinales del agua y la recomienda para combatir muchas enfermedades. Divide el ENSAYO en cinco apuntes: El primero da a conocer las observaciones clínicas, citando diez curaciones de personas de diferentes sexos y edades. En el segundo explica el examen de las propiedades físicas y da el análisis de las propiedades químicas. El tercero indica las cuatro formas de usarla, que son: bebida, baños, embrocación y embarre, aconsejando la conveniencia de que los enfermos se sujeten en todo, durante su uso, al dictamen del médico, pudiéndose tomar los baños en todas las estaciones, pero atendiendo a la temperatura del agua y del clima la mejor temporada será el principio de junio hasta el final de octubre. En el cuarto, trata de las enfermedades en que puede servir, y dice que de los muchos análisis de agua ferruginosa, que ha consultado, la del Tardón es quizás la que en mayores proporciones contiene las sales de hierro. Y el apunte quinto y último, lo dedica a explicar la preparación artificial del agua. Hasta hace poco vivían algunas personas ancianas que en su juventud iban en caballerías, formando animados grupos, a tomar en el rigor del verano estos baños y acudían también gentes de otros pueblos. Desaparecidos hoy los baños crecen en su lugar árboles y enredaderas silvestres que con sus raíces van destruyendo los cajones y la alberca distribuidora del agua, presentándose a la vista en un total estado de ruina. Los últimos religiosos que habitaron el convento fueron los padres Alonso de San Miguel, Cristóbal Daza, natural de Paterna, Francisco de Riba, Rafael Morea y Luis Requena, y los hermanos fray Tomás, que era procurador del monasterio, fray Juan, que estaba en la botica y fran Francisco Rincón, que, como antes dijimos, era el molinero.
Era, por lo visto, obligación de todos los pueblos situados a cierta distancia el auxiliar y atender, con toda generosidad, al alojamiento del monarca y de su séquito, por cuyo motivo recibieron las autoridades de Aznalcóllar un oficio para que aprentasen 250 fanegas de cebada, dos caballos de los mejores y una infinidad de camas y sábanas. Mandáronse éstas. No siendo posible que de este pueblo solo se mandaran las 250 fanegas de cebada se ofició, porque así lo autorizaba la orden, a los pueblos de Paterna y Escacena a fin de cada uno de ellos remitiese al Ronquillo 73 fanegas que con 104, puestas por Aznalcóllar, componían las 250 fanegas pedidas. Mandáronse también los caballos (que fueron) conducidos por Francisco Varón. Eran de Juan Mateos Almendral, uno, y el otro, de Gregorio Polo. Fueron devueltos con el dicho de que allí sabían que aquí los había mejores. Nuevamente hubo que buscar otros caballos, conviniéndose, después de comparecer el albéitar Diego López y jurar, en debida forma que no había otros mejores, en enviar uno de Diego Barrera y otro de su hijo Ambrosio, que fueron llevados por José Castaño. Al llegar éste al Ronquillo, escuchó grandes elogios de los hermosos caballos con que Aznalcóllar contribuía al esplendor de la regia comitiva de don Carlos IV, el monarca que inmortalizó con sus pinceles el glorioso Goya.
Es fama que la ermita estuvo edificada entre las calles Portugalete y Sacramento, cerrando con su fachada la plaza donde convergen, por la parte Norte, las calles antes citadas. Al ser derribada la Iglesia antigua, al final de 1782, estuvo sirviendo de parroquia hasta que el Viernes Santo, 21 de marzo de 1788, un incendio cuyas causas no han podido averiguarse, la destruyó, convirtiendo en cenizas los ornamentos y las imágenes que habían sido trasladadas de la derribada Iglesia. Se quemaron, además del Santo Titular, el Cristo de la Veracruz, la Virgen de los Dolores, San Bartolomé, la Virgen de la Soledad, San Juan Nepomuceno, la Virgen del Rosario, la Virgen de la Consolación, San Francisco, San José, los copones de plata de la Hermandad de la Soledad, los bancos, el órgano, las pilas de agua bendita y la del bautismo, que se hicieron pedazos muy pequeños, salvándose solamente el púlpito. Al día siguiente, Sábado de Gloria, se hicieron los oficios divinos en el oratorio y sala de estrado de la casa de don José de León y Ortega. El Domingo de Resurrección se compuso el balcón grande del Cabildo y se hizo un altar donde se dijo la misa. Todo el pueblo estuvo presente y todos lloraban; el padre cuaresmal, que era fray Gabriel Sevillano, reflejaba gran tristeza en su rostro y en sus palabras; el celebrante y el que respondía lo hicieron vertiendo lágrimas y fueron varios los accidentes producidos por la emoción. Estuvo sirviendo de parroquia esta ermita un poco más de cinco años y la sala de don José de León Ortega un año menos seis días.
Marchose el maestro que vino de Sevilla dejando mandado que la hicieran en otro cercado de la calle Alta, pero los frailes del Retamar, por tenerla cerca de su hospicio, y la gente de la Plazoleta, sin tener en cuenta lo mandado, la empezaron a edificar en el sitio que actualmente ocupa, teniendo que derribar varias casas, entre ellas una de San Bartolomé, que servía de hospital para mendigos. Se abrieron sus cimientos al comenzar 1783, y el día de San Juan del mismo año se puso la primera piedra. La hizo el maestro Antonio López, alias "Chamusquina", natural de Umbrete, que fue el mismo que derribó la otra. El cronista Navarro, de quien copio, refiriéndose al sitio donde empezaron a labrarla, dice: "que quedaba fuera de lugar, como estaba la antigua; si se hubiese hecho en la calle Alta, con el tiempo quedaría en medio del pueblo." El cura, por esta época, era don Juan Martín Majuelo. En 1789, después de decir dos misas en la sala de don José María de León y Ortega, se trasladó al Santísimo Sacramento al panteón o cripta de la Iglesia celebrando la primera misa don Juan Martín Majuelo y la última de aquel día fray Sebastián González, de la orden de San Francisco. Sirvió esta cripta de Iglesia durante dos años, cuatro meses y nueve días. El sábado 9 de julio de 1791 se bendijo la nueva Iglesia por el cura don Bernardo Domínguez; el día siguiente se trasladó el Santísimo Sacramento, acompañado de una lúcida y grandiosa procesión, diciéndose dos misas, la mayor por don Bernardo Domínguez y la otra por don Juan Bernal, clérigo sochantre de la parroquia e hijo de esta villa. No hubo en la inauguración más que repiques de campanas y cohetes surgiendo, con motivo de la colocación de los escaños, un gran disgusto entre el cura y la justicia. El retablo mayor, los diversos altares y capillas y las muchas y valiosas imágenes que contribuían al esplendor de esta Iglesia se instalaron en ella durante el periodo comprendido entre 1789 y 1820 y fueron bárbaramente destruidos en la pasada guerra civil.
El 25 de este mismo mes quedó puesta delante de este altar de la Soledad, la baranda del comulgatorio, quejándose de nuevo la otra hermandad de la Virgen del Rosario y ganando también por segunda vez la de la Soledad. Para mayor seguridad guardóse la ejecutoria de este pleito en la Colegiata de Olivares.
En Sevilla era verdaderamente espantosa la celeridad con que arrebataba la vida a miles de criaturas. Huir de los apestados era la consigna que se había dado la gente abandonando a sus familiares atacados. En medio de esta desoladora confusión, algunas personas llevadas de ardiente caridad y de generoso desprendimiento de sus vidas ponían en práctica las obras de misericordia de visitar a los enfermos y de enterrar a los muertos. Pero otros aprovechaban los luctuosos momentos por que atravesaban la ciudad para robar en las casas abandonadas, por el temor al contagio, cuanto dinero y objetos de valor hallaban en ellas. Una de estas personas fue Amaro Gallego, de nacionalidad portuguesa, del pueblo de Dos Iglesias, hijo de padres desconocidos, que, al ejercer el oficio de enterrador, robaba el dinero que encontraba en las casas que quedaban vacías. Compró en este término, al precio que quiso, muchas tierras, casó en el pueblo y dejó muchas obras pías. Así asegura el cronista Navarro, aunque más tarde el erudito Gómez Azeves, en sus "Obras Varias", convierte en héroe de la ciudad, o poco menos, al Amaro Gallego.
A causa de esta incomunicación se llegó a carecer de todo lo necesario. Faltó la sal, la ropa blanca, el tabaco y el papel. Tenían que andar descalzos por falta de suelas y amarrarse los zapatos con tomizas. En febrero de 1801 se acabó otra vez la sal y fueron por ella a las salinas, en las marismas. Termináronse todos los comestibles, menos el pan que lo había con abundancia. Faltos de todo, los vecinos, ven desfilar los tristes días de la terrible epidemia, no quedándoles más amparo que la Providencia, y a Ella vuelven los ojos. Traen de la ermita de la Virgen de Fuentes-Claras y en un paso la ponen en un crucero, con San José y San Sebastián, dándole culto en cuanto era posible y cabía en un pueblo como éste y rindiéndole el homenaje de amor y de fe de sus consternados corazones. Y providencialmente, a pesar de estar atacados todos los pueblos del contorno, Aznalcóllar se libró de la epidemia.
El hambre y la miseria empezaban a dejarse sentir entre los vecinos y, acentuándose hasta lo increíble, llegaron a horrorizar los ánimos. Grandes grupos de hambrientos llenaban las calles mendigando. Hombres, mujeres y niños, escuálidos y desmayados, apenas podían sostenerse. No había donde trabajar ni tenían fuerzas para hacerlo. Como no había aceite, se alimentaba sólo con coles cocidas. Los aldeanos del Álamo y otros venían a estas huertas de Cañorronco, en busca de cargas de borrajas y berros, pera comer en sus tierras. Con este motivo hubo muchísimos robos, hasta el punto de que no podía celebrarse la misa del alba mientras no aclaraba el día a fin de no atravesar las calles a oscuras y dejar las casas totalmente indefensas. La gravedad de la situación hizo que los labradores más distinguidos y pudientes repartieran panes como limosna, sobresaliendo en tan caritativa obra don Pedro Ortega, don Ambrosio Barrera y don Tomás Pérez y siendo el primero el que mejor atendió a sus trabajadores. Al correr la noticia de que en este pueblo se repartía el pan como socorro acudieron muchas gentes de otros lugares, con lo que se aumentó el número de los necesitados y también el de los robos, principalmente los de ganado. Las casas se cerraban después del toque de oración. Como consecuencia de la carestía vino el aumento de los precios, principalmente el trigo, cuya fanega llegó a valer 180 reales. Por este tiempo vino una Real Orden para que las autoridades le pusieran precio fijo al trigo y se prohibiese la salida. No se cumplió esta orden por no disgustar a los que tenían trigo de venta y por venderlo uno de los mismos alcaldes. Lo que hicieron fue suspender, por poco tiempo, la salida. El pan, muy escaso y con mixtura de maiz, se vendía carísimo por una ventana del Cabildo. Forzados por la necesidad, los vecinos fueron por trigo marengo a Sevilla y tampoco se remedió la situación. El pan de este trigo tenía muy mal sabor y un olor repugnante. Tomás Pérez era el que más se señalaba aumentando el precio del trigo, que llegó a vender a 200 reales la fanega. El 15 de marzo de 1804 se vendía el trigo de la tierra a 230-235-240 y 245 reales la fanega, y el pan era crudo y muy mal amasado.
Despojado, por no servir, de su primitiva maquinaria, no tuvo que claudicar, como otros, ante el imperio de las fábricas modernas. No se divisa desde ninguna parte y solitario en la cañada, con las paredes tapizadas por el musgo y el escombro del interior por la hierba, se confunde con el paisaje que le rodea. Ni siquiera cumple, como el Molino de Viento, una función decorativa, y su inútil resistencia sólo sirve para recibir el agravio de las aguas cenagosas y pestilentes de la cloaca que ahora van hasta el próximo río, por el mismo cauce por donde antes se deslizaban, entre el suave gris de las piedras y el verde de las adelfas, las aguas bienhechoras y cristalinas de la Fuentegrande.
Es tradición que allá por los años de la conquista de Sevilla, por el Santo Rey Fernando III, acamparon en esta comarca, no lejos de Aznalcóllar, las mesnadas del santo Rey, que habían sido enviadas a combatir contra los moros, acaudillados por Garci-Bravo y otros valientes campeones. El calor, el cansancio y la fatiga extenuaban a los esforzados combatientes que en medio de aquella llanura, abrasada por los ardientes rayos de sol, sufría la más espantosa sed; la asfixia empezaba ya a hacer sus estragos, cuando uno de aquellos soldados, poniéndose en pie y elevando los ojos al cielo, con el alma hechida de fe, mientras tocaba con su espada una de aquellas piedras, exclamó: "¡Madre mía, una fuente clara!", y en aquel mismo instante dejose ver la Santísima Virgen, sentada en unas nubes, sosteniendo al Divino Niño con el brazo izquierdo, al mismo tiempo que, con la mano derecha, le indicaba una cristalina fuente. En memoria de tan prodigioso suceso se le dio a la Santísima Virgen el nombre de Fuentes-Claras, siendo varios los manantiales que han brotado en este mismo sitio, y se erigió la ermita de la que hoy casi no existen los cimientos, conservándose sólo, fresco y frondoso, el centenario olivo del patio que la ermita tenía. El amor que sentían los vecinos de Aznalcóllar a la madre de Dios se manifestaba en las brillantísimas funciones que celebraban para darle gracias por la salud de sus deudos, la abundancia de sus cosechas y, el aumento de sus ganados y, en las concurridas excursiones de la gente devota que acudía de Gerena, Olivares, Albaida, Castilleja del Campo, Escacena y otras localidades cercanas. En los tiempos calamitosos y de grandes sequías solían traer la venerada imagen, en silenciosa procesión, desde la ermita a la Iglesia, y asegura Navarro que cuando salía la virgen en estas rogativas empezaba a nublarse y que algunas veces, antes de llegar al pueblo, ya la lluvia comenzaba a caer en medio del general regocijo. Cuenta también el mismo Navarro que la campana de la ermita fue llevada a la torre de la Iglesia de Paterna, según le había referido el cura de Escacena don Bernabé Domínguez y que al bajarla, para ser compuesta en 1818, se vio una inscripción que decía: "Soy de la ermita de Fuentes-Claras y me llamo María de Fuentes-Claras". El retablo de la Virgen, costeado por don Pedro Ortega, fue ricamente dorado en el verano de 1802. Aunque la Virgen de Fuentes-Claras no es la patrona de Aznalcóllar tiene desde muy antiguo, quizás desde la erección de su ermita, la mayor devoción y veneración de todas las personas piadosas del pueblo que la han escogido siempre como abogada y mediadora. Probaban este afecto, con las velas, flores, exvotos y promesas, las piadosas que sin cesar salían de los labios de sus devotos. Por distintos motivos varias son las ocasiones en que fue traída desde su ermita para recibir culto en su Iglesia. Las más señaladas han sido: la ya referida a la epidemia en que se trajo en septiembre de 1800 y fue devuelta a la ermita en marzo de 1801, no habiendo muerto nadie de la terrible peste; la de mayo de 1803, con motivo de una pertinaz sequía, que terminó antes de acabarse la novena celebrada en su honor; las de 1808, 1809 y 1812, muy sonada la última por el esplendor de los cultos, con intervención de ilustres predicadores, velada, música y una hermosa corrida de novillos; y las de 1813 a 1816, con ocasión de las otras sequías o para celebración de fiestas extraordinarias.
Situada a muy poca distancia de la dehesa de la Sierra, y cerca del arroyo llamado también de las Cuevas, estaba la ermita que nuestros antepasados dedicaron a la Santísima Virgen, con este extraño título que nos hace recordar en el nacimiento del Hijo de Dios, ya que el santo lugar de Belén, donde tuvo lugar tan augusto misterio, al decir de varios historiadores, fue en una desmantelada cueva. Es tradición, ya olvidada, que la imagen de la Virgen se encontró en una cueva de aquellos parajes. Era pequeña y muy morena, y después de arruinada la ermita, fue llevada a casa del distinguido vecino de la localidad, Ilmo. Sr. Don José Barrera Moreno, y al morir su viuda, doña Angeles Nueve-Yglesias, despareció, sin que se haya vuelto a saber de ella.
En documentos oficiales y salvoconductos, expedidos en 1820, se menciona, como comprendida en éste término y sometida a su jurisdicción, la aldea del Torilejo. En ella se veneraban, en humildísima ermita, una preciosa imagen de la Divina Pastora, que al desaparecer el santuario fue trasladada a la Iglesia de este pueblo donde fue destruida en el horror, ya aludido, de 1936.
Repicaron las campanas y los recibieron, a la entrada del pueblo, las autoridades, el cura y muchos vecinos que, obligados por las circunstancias, dominaban la ira que les causaba la presencia de los invasores. Se alojaron en la calle de Paterna, en la Plaza, en la posada, en dos o tres casas de la calle Sevilla y en dos casas de la calle Alta. No se dio el toque de Ánimas ni al día siguiente el del Ave María. Tampoco hubo misa. Antes de que entraran las tropas se fueron a los montes mucha gente, sobre todo mujeres. No querían ver a los invasores ni podían hacerles frente. Se llevaron comestibles y ropas e hicieron chozas para guarecerse. Fueron tantos los que huyeron que estaba tan habitada la sierra como el lugar. Las Justicias de Gerena y Albaida fueron llamadas a este municipio para hacer el juramento de fidelidad y el acto se verificó en la mañana del día 14, que fue horrorosa de lluvia y viento como si los elementos se hubiesen unido para protestar contra aquel ultraje que una fuerza extranjera infería a los españoles, indignados en lo más íntimo de sus conciencias. Terminada la ceremonia del juramento y habiendo cesado la lluvia se marcharon los franceses en dirección a Salteras. El 31 de marzo del mismo año de 1810, a mediodía, se presentó en el pueblo un tal Valladares, con algunas tropas españolas, y al tener noticia de que los franceses se aproximaban, huyó al Castillo de las Guardas. Poco tiempo después vino el jefe Ballesteros, con más gente que Valladares, y a los dos días llegaron tropas imperiales francesas, en número de 7000, mandadas por el general Montiel. Ballesteros huyó a la sierra y también todos los vecinos, con las personas más principales, viviendo ocultos algún tiempo en profundos barrancos y en hondas cañadas, por temor a los extranjeros. Al volver contemplaron el exterminio y la ruina de que había sido víctima el pueblo, las casas saqueadas, quemadas las puertas, los animales domésticos y las aves de corral desaparecidos, los graneros vacíos y seiscientos pies de olivos quemados en las corraladas. El mismo libro del que se transcriben estos datos dice que su autor se libró del fuego por estar escondido en un mechinal cerca de un año. El 21 de junio, que fue el día del Corpus, llegaron, por la mañana, de Sanlúcar la Mayor 600 franceses, que se marcharon aquél mismo día, llevándose presos a varios hombres de los más ricos, que fueron don Pedro Ortega, don Pedro de los Santos, don Juan Antonio Barrera de Urrutia, el escribano, y a Servando de los Santos Hato, por su suegro Bartolomé Bayas, y además multaron al pueblo. Estuvieron los presos veinte días en la cárcel de Sevilla, y antes de su liberación hubo que pagar la multa impuesta que ascendió a treinta mil reales. Esta detención fue a consecuencia de haber establecido el gobierno francés, por medio de su comandante, una milicia cívica y de que pasados algunos días vinieron una noche algunos españoles que sorprendieron y se llevaron preso al comandante, alojado en la casa de don Isidoro de Rueda, acción audaz que determinó las prisiones antes referidas. No expresa con claridad el cronista el desenlace de este suceso, aunque es de suponer que su feliz resultado determinara la liberación de los detenidos. Aquí, como en todos los pueblos, crearon guardias cívicas que les ayudaba a mantener el orden, y tal vez también, como en otros pueblos, se presentarían grandes dificultades y tropezarían con la rebeldía que muchos españoles opusieron a la formación de las expresadas milicias; surgirían seguramente violentas escenas que dieron por resultado el encuentro del comandante y el consiguiente encarcelamiento de las personas principales y la multa del pueblo. El 7 de mayo de 1812, día de la Asunción, llovía copiosamente, lo que no impidió que saliera una división francesa del cercano pueblo de Gerena hacia el Condado. Llenos de asombro los vecinos de este pueblo los vieron pasar por las casas de la dehesa y vereda de la Carne en dirección a Escacena. Algunos franceses se apartaron de la formación y después de comer y destrozar los sembrados de la finca llamada de "Las Borriqueras" se presentaron en Aznalcóllar, pidiendo de comer, robando y atropellando en las casas. Los del pueblo, no pudiendo aguantar más tanto oprobio, llenos de indignación, se levantaron en masa con el más santo coraje y empuñando palos y armas rudimentarias, se lanzaron a desigual pelea, entre gritos y llantos de mujeres, y dan muerte a cinco o seis franceses, sin más baja sensible que un vecino herido gravemente de un bayonetazo. Después de este combate quedaron llenos de aflicción pensando en el castigo que habrían de imponerles cuando se llegase a saber el suceso en la División. Llegó procedente de Zalamea, donde la División estaba,
un propio que asegurando que había oído decir a los franceses
que vendrían a rodear el pueblo y que lo castigarían con
un degüello general de sus habitantes, cumpliendo así el decreto
publicado por Murat que imponía penas tan severas a las poblaciones
que derramasen sangre francesa. A los cinco días regresaron al pueblo el cura y el escribano que habían ido a buscar la División para hablar al general sobre lo acaecido. Las buenas noticias de los comisionados, que aseguraban que no habrían de ser maltratados, tranquilizaron los ánimos. Cuando la División llegó al pueblo no tomó, en efecto, aquellas crueles represalias pero mandaron abrir las puertas de las casas cerradas y se llevaron cuanto quisieron. Muchos vecinos huyeron nuevamente al campo. Los franceses vinieron a Aznalcóllar varias veces. La última fue el 21 de julio de 1812 que llegaron de Gerena y aquella misma tarde se retiraron. El cronista Navarro hace constar de una manera especial que la santera de la ermita de la Virgen de Fuentes-Claras, llamada María Pérez, le comunicó personalmente que los franceses nunca entraron en la ermita y que el 7 de mayo, día muy doloroso para este pueblo, pasando la División por la vereda, llevaban cogido todo el campo y que estando ella sola y una niña pequeña en la cuna, empujaron las puertas con mucha furia, utilizando los fusiles y apalancando por debajo, sin poder abrir, y que durante este tiempo no lloraba la niña afortunadamente. Lo mismo ocurrió en otras diversas ocasiones, en que, a su paso, intentaron entrar sin conseguirlo, mientras ella mantenía bien atrancadas las puertas, guardando absoluto silencio. Como fue poco lo que se sembró en los años 1810 y 1811 y mucho el grano que se llevaron los franceses y que comieron sus caballos, hubo muchísima hambre, vendiéndose el trigo y el pan carísimos. Hubo familia que hasta la nueva cosecha no volvieron a comer pan. Comía la gente hierbas del campo y las simientes bastas que se daban de limosna las guisaban como garbanzos. Pedían perrunas y afrecho para hacer poleadas. El arroz llegó a valer seis reales y medio la libra. Lo poco que podían comer lo comían sin pan. Sin granar las habas las robaban y ni guardas ni dueños podían evitarlo. En Sanlúcar la Mayor se comieron asnos y caballos, muertos y guisados solamente con agua. El compromiso de suministrar la carne lo tenía un sujeto llamado José Cotán, natural de Olivares, que vendía la libra de cabra a nueve reales, y, como nadie la compraba a tan alto precio, hubo que bajarla a seis. Era siempre de mala calidad y muchas veces de animales muertos. En tan calamitosos tiempos, las reses mayores alcanzaron precios altísimos, y el pan en 1813 se vendía a cuanto se quería.
Vivía por esta época en Aznalcóllar, de donde era natural y vecino, un sacerdote de veintiocho años llamado, don Cecilio José Barrera de Urrutia que, además de administrar sus propiedades, ejercía su sagrado ministerio. Este sacerdote, según documento impreso que tengo a la vista, consta que guardó y observó la mejor conducta política y patriótica, digna de un verdadero español; que durante la ausencia de Su Majestad el Rey, no se dio a conocer por la exaltación de sus opiniones y que había sido y era un eclesiástico de la mejor conducta. Como sus convecinos, sentía el peso y la opresión del yugo extranjero y su sangre joven hervía de coraje. Sabiendo que en la sierra el enemigo preparaba una emboscada en la pequeña aldea de El Torilejo, guarnecida sólo con dos escasas tropas leales, que montaban sus guardias en las faldas de los cerros, escondidos entre los jarales del monte, que casi impedían sus movimientos, quiso evitar el peligro que aquellos leales corrían, y, con gran exposición y valor rayano en le heroísmo, consiguió dar aviso a la citada tropa de tiradores, que mandaba don Antonio González, segundo jefe de la columna móvil de la tercera División de la izquierda. Así los liberó de la sorpresa que meditaba el enemigo en el poblado del Torilejo, término de esta villa, el 24 de mayo de 1810.
En tan angustiosos momentos ofrecieron a la Santísima Virgen del Rocío, si lograban salvarse, una fiesta anual en acción de gracias. El grueso de las tropas francesas encargadas de llevar a cabo la orden
había llegado ya a Pilas, cuando unos cuantos soldados leales que
se hallaban rendidos de cansancio y de hambre en Aznalcóllar, al
enterarse del peligro en que se encontraban sus compatriotas de Almonte,
se dirigieron a Sevilla y llegando a sus cercanías, desafiaron
con su presencia a los franceses. Estos creen que tras ellos venían
un número mayor de españoles y dan órdenes de reunir
a todo el ejército, por cuyo motivo tuvieron que volver a Sevilla
las tropas mandadas a saquear y castigar a Almonte.
Muchos lo atribuían a la falta de religión, cosa corriente en toda localidad minera. Examinados sus antiguos antecedentes, políticos y sociales, no son ni mejores ni peores que los de otras poblaciones cualesquiera, y en aquella época, quizás mejores; aún sigue siendo en el día un pueblo hospitalario y acogedor. El cronista Navarro quiere salir al paso de esta mala opinión diciendo: "Este pueblo de Aznalcóllar ha tenido siempre nota de ser enfermizo hasta el punto de que los pueblos cercanos no conocían otra voz, y aún nosotros, los mismos vecinos de él, estábamos conformes por los muchos que se morían todos los años", y explica el hecho lo mismo que el tratar de la Iglesia antigua, diciendo: "que los enterramientos dentro de lugares sagrados, la falta de sitio y de ventilación y las corrientes de aire" eran los motivos de tantas enfermedades y de tantas muertes. Y agrega que esta mala fama se desvanecería con el tiempo pues desde el traslado de la Iglesia morían muchas menos personas. La mala fama de Aznalcóllar, era, pues, debida a sus malas condiciones higiénicas y no a ningún hábito ni hecho deshonrosos de nuestros antepasados.
La Dehesa, propiedad del Duque de Berwick y de Alba, tenía población numerosa a mediados del siglo XVIII. Se llamaba en la antigüedad PALACIO DE LOS CRISPINES y de los restos del que allí existió quedaba una torre próxima al río. Esta construcción a medio derruir, llamada TORRE MOCHA, tenía dos grandes hierros, y habiendo empezado a caerse, fue preciso derribarla. Sus materiales, a fines del siglo XVIII o principios del XIX, parece que se utilizaron en la construcción de un cortijo nuevo, empezado a edificar por orden del Duque, más arriba del puente de los Hinojales, camino de Sevilla, pasado el río y la hoz o angostura que va al molino del Conde. Estas obras quedaron paradas por muerte del prócer propietario y así continuaban en 1807. Arrancaron las encinas de la dehesa para sembrar olivos, y como la tierra era arenosa y fría, los olivos no prosperaban, y hubo que transplantarlos a Montijo, cerca de Salteras, dejando crecer nuevamente las encinas. En el libro "Iberia Protohistórica", publicado en Valladolid por don Juan Cubero y Piñol, en 1871, se dice que entre los pueblos de la España Ulterior que batían moneda se encontraba Lástigi, ciudad antiquísima cerca del pueblo de Aznalcóllar, que estaba emplazada siguiendo el curso del Guadiamar hacia arriba, o sea, en el término de la Dehesa de Crispín, atravesada por el mencionado río.
Desaparecido actualmente los archivos del pueblo, la fuente principal de esta monografía ha sido el tantas veces mencionado manuscrito compuesto al principio del siglo XIX, con suma precisión y prolijidad de fechas y de menudencias, por D. Miguel Navarro, vecino y natural de Aznalcóllar. Dicho cuaderno, en folio, de un centenar de hojas sin título, deteriorado al principio y falto de final, es propiedad de mi convecino D. Francisco Jurado, que ha tenido la bondad de facilitármelo para el estudio y utilización de sus datos más importantes.
|